EL PINOCHIllo DE TORMES

Tratado 1º: De cómo Pinocho se asentó con un carpintero y lo que le acaeció con él.

Sepa Vuesa Merced que, tras emanciparme de Gepetto, mi vida dio un giro radical. Vistos los pocos dineros que conservaba, tuve que buscar un dueño que por mis cuidados se procurase.

Un soleado día, en el Reino de Muy Muy lejano, encontróme yo con un llamado “príncipe azul´´ al que pedí resguardo, a lo que él me respondió.

– En estos momentos no puedo ocuparme de ti, pues una empresa tengo en mente, la cual consiste en ir a buscar a la que llaman Blancanieves por el bosque pues actualmente sufre un estado de muerte temporal; así que voy a aprovechar la situación y besuquear un rato su cadáver yacente.

Fruncí el entrecejo y me alejé lentamente de él, pues una persona con semejantes niveles de necrofilia no puede ser bueno como dueño.

Más tarde, ese mismo día, llegué a la casa de alguien que, por casualidad como mi padre, se dedicaba a la carpintería. Díjome que podía ofrecerme un buen puesto de trabajo. Dicho trabajo era el de perchero (Resulta irónico que siendo la única marioneta con vida del mundo, me vea limitado a aguantar de pie varias horas sujetando sombreros y abrigos)

El carpintero era un tacaño pues, pese a cobrar 100 reales al año, de comidas me privaba y por mucho que le rogaba ni una triste chusca de pan me daba.

Más, cuando él se ausentaba, de su despensa yo robaba comida en arrobas, que, aunque el hambre no me quitaba, hacía mi trabajo más lisonjero.

Pero, negra suerte  la mía, que cuando por las tardes venía, me decía sin más dilación:

– ¿Has robado algún pan o un salchichón?                        

– Jamás haría aquello

Pero, por culpa de mi cruel destino sin duda, mi nariz al mentir me dilataba y de mis mentiras se percataba.

Cuando me pillóme ese día arreóme un bofetón que derribóme y al caer al suelo mi muñeca rompióme, y por mucho que lloréle y suplíquele, en ayunas me tenía y me obligaba a pagar lo que consumía con mi dinero.

Fue entonces cuando conocí a Ricitos de Oro, una muchacha que, haciendo honor a su nombre, era rubia, alta y de tez pálida. Nada más verla pude percibir su gran belleza… y su enorme fortuna, pues estaba embutida en un carísimo vestido de tela y seda.

Empezamos a salir a la semana y ella, como una cotorra me hablaba y hablaba hasta que mis tímpanos palpitaban de dolor. Fue entonces cuando comenté la deuda que me atormentaba (Únicamente para cambiar de tema) Entonces ella abrió mucho los ojos y díjome:

–  Es que tú puedes pagar con algo que alguien te preste y luego para medrar huyes a otros lugares. Y yo aquí te aguardaría y nuestra boda prepararía y al volver de tu travesía,  loca de amor te recibiría- (empezaba a preocuparme el estado mental de la doncella)

Me quedé meditando la propuesta, pues de mis problemas por fin me libraría.

– ¿Qué piensas?- Dijo interrumpiendo mis pensamientos

-Porque… ¿Cómo a pagar voy?

-¿Cómo?- se quitó el collar y sosteniéndolo con una mano dijo- Si ya tuya soy y lo mío tuyo es, este collar que te doy has de aceptarlo, humilde marioneta.- (Entonces volví a dudar de su salud mental)- Ve mi intención de rodillas te lo ruego;  véndelo, paga al carpintero tu honor salva, y parte luego…

– Pero mi honor… Temo que algún deslenguado lo sepa y diga: Pinocho es un vil y un desahogado que, sin pizca de aprensión, aprovechó una ocasión que el creyó propicia  y pagó a cierto amo con alhajas de su novia. Y me anulo y me atribulo y mi horror no disimulo, pues aunque el nombre te asombre, el que obra así tiene un nombre. Y ese nombre es el de… chulo.

-¡Bobadas! Si no aceptas, este puñal -Díjome desenvainando un puñal enorme- nos dará muerte a los dos. Primero me lo clavaré en mí y me daré muerte sí ¡lo juro por Belcebú! Y luego tú mismo tú clavas el puñal en ti. (Ahora ya no tenía dudas de su salud mental, estaba loca)

Sin pensármelo dos veces, corrí rápido como una centella pues esa humilde doncella que muchos cuidados tenía, algún día por un maleficio perdió su sano juicio.

Después, preparé mi más certera huida del carpintero y corrí a lo largo y ancho de todo el taller. Casi llego a la puerta, mas él me cogió por sorpresa e hízome su presa y mis ojos de madera de cuajo arrancó.

Me desperté  sorprendido y dolorido. Empecé a hacerme a la idea de ser mueble del IKEA pues me hallaba desmontado en una gran caja de cartón y en una placa de latón ponía escrito mi nombre. De ahora en adelante me llamarán por mi nuevo nombre “Störnenfurther´´ O por mi apellido `Mesa para 10 comensales´´.

Alejandro Álvarez Llorente               3ºB                                                     

 Eloy Miguel Cabello

Daniel Pajares García

Jorge San Miguel Espinosa

Diego Senso González

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